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Educar nuestros deseos

Por: María del Rosario Sánchez Muñiz

  Hay que dirigir toda nuestra capacidad a amar a los demás buscando su bien, así la felicidad llegará sin buscarla 

En nuestra sociedad ha cobrado una relevancia enorme el tema de tener grandes deseos e ilusiones y llevarlos a cabo, buscar la vida lograda; todo se evalúa desde la perspectiva del placer o desagrado que produce, en resumen, sacarle partido a la vida y disfrutar al máximo de ella. Todos deseamos ser felices, el problema comienza cuando esto no se consigue tan fácilmente.


La sociedad contemporánea se caracteriza por tener alergia al sufrimiento, ya que el objetivo de la vida es el bienestar. Se piensa que es posible acabar con todos los males que nos afligen, es solo cuestión de tiempo que la ciencia resuelva todos los problemas con los que se enfrenta el hombre.


«En lugar de admitir que la felicidad es un arte de lo indirecto que puede lograrse, o no, a través de metas secundarias, nos la proponen como objetivo inmediatamente a nuestro alcance, y lo rodean de recetas para conseguirlo»1.



Slogans como “sé tu mejor amigo”, “eleva tu autoestima”, “tu mala actitud te trae las desgracias”, “el secreto de tu felicidad es pensar positivamente”, “eres culpable de no estar bien”, son frecuentes en los anuncios publicitarios.


El siglo XX ha rechazado el sufrimiento y la muerte en nombre del placer; nos impacienta su persistencia cuando nos habían prometido su desaparición.


«El sofisma del budismo y de ciertas corrientes estoicas en relación con este tema es ofrecer la solución de los problemas mediante su disolución. Decretar funestos nuestros afectos, vanas nuestras preocupaciones, ilusorio nuestro yo. Proponer la paz del alma y la serenidad a base de sustraerse a los tumultos de la sociedad. Si uno cree, al contrario, que la auténtica vida no se halla en la renuncia, sino en el apasionado afecto por la magia del mundo y por los demás, estas doctrinas, que creen resolver la dificultad evitándola, tienen poco que enseñarnos»2.



Por eso, al contrario de lo que nos dicen algunas religiones orientales, hay que rehabilitar el yo, fortalecerlo, la muerte y la enfermedad nos llegarán de manera inexorable.



¡Qué alivio sería encontrar un gen de la felicidad! La vida consistiría en seguir un programa, se acabarían las preocupaciones debidas a la libertad y al azar: todos estaríamos predestinados. Pero la Felicidad no se deja delimitar ni definir, sobre todo, la vida tiene la estructura de una promesa, no de un programa, mientras el futuro sea incierto, esta promesa tendrá un precio, siempre habrá lugar para el asombro ante la sorpresa inesperada.


No es extraño que nuestra sociedad busque la diversión, porque nos permite aislar en nuestra vida un núcleo de puro placer, ni demasiado fuerte ni demasiado débil, que no tiene consecuencias negativas y nos llena de sensaciones agradables; son muchas las circunstancias que podemos incluir en “diversión”; desde un viaje, una boda, el sexo, etc. nos permite transitar por la vida sin temor a ser heridos porque no nos implicamos a nosotros mismos. Es la tendencia del hombre que da más importancia a la sensación que a la experiencia, al pasar por encima y no echar raíces. Se puede intentar todo, siempre que no tenga importancia, así es la diversión; un deseo que supera todas las pruebas y consigue sin esfuerzo la satisfacción. Es la forma de esquivar las desgracias sin negarnos los placeres, vivir en la superficialidad de lo banal. Se omite pensar en las consecuencias de nuestros actos porque dejaríamos de divertirnos.


Así, nos vamos convirtiendo en personas dedicadas a pensar en sí mismas; si me escojo a mí como fin de todo cuanto quiero, me vuelvo un egoísta y, en cierto modo, me animalizo. Como la voluntad es la facultad que nos lleva a salir de nosotros mismos, es decisiva para que el hombre alcance su fin. En el amor está el motor y la perfección de nuestra vida. Y este amor se ve potenciado si lo acompaña el deseo.

  Pero la Felicidad no se deja delimitar ni definir, sobre todo, la vida tiene la estructura de una promesa, no de un programa, mientras el futuro sea incierto, esta promesa tendrá un precio, siempre habrá lugar para el asombro ante la sorpresa inesperada 

¿Qué sugerencias podemos dar a los padres para educar los deseos?

  1. Que propongan a los niños ídolos y personajes a imitar de gran calidad humana. Que saben luchar, son alegres, que consiguen lo que se proponen, aunque no siempre sean exitosos, preferentemente sacados de la vida real.
  2. Que valoremos las buenas acciones que realizan los niños, resaltando sus cualidades y animando a remover sus defectos.
  3. Que les ayudemos a salir de sí mismos, por ejemplo: haciéndose conscientes del dolor de otros, muchas veces mayor que el suyo. Así se evita el victimismo y se les hace tolerantes.
  4. Enseñarles a disfrutar lo simple, lo pequeño; eso favorece su capacidad de asombro.
  5. Que disfruten de su infancia; sin llenarles la cabeza con nuestros ideales de adultos.
  6. Que se respete la sexualidad de los niños fomentando un sano pudor y dándoles la formación oportuna que vaya de acuerdo con su edad.
  7. Que los niños no estén ociosos; promover la iniciativa y la creatividad, buscar actividades grupales que faciliten la convivencia, el juego, la generosidad.
  8. Que la tecnología no interfiera con las actividades recreativas o culturales, ni se les ponga una película para matar el aburrimiento3.


Diremos que una vida realizada será una vida cuya riqueza caiga por su propio peso, que se impone por la evidencia de su plenitud, pero no nos confundamos; conocemos personas cargadas de medallas y reconocimientos que ven su vida como un entierro anticipado, no se trata de ser exitosos sino de aprender a amar.


Es en el amor en donde nuestra libertad encuentra su finalidad y su sentido; la felicidad no debe buscarse directamente porque es la consecuencia de haber alcanzado el bien.

Propiamente hablando el fin último del hombre no es la felicidad, sino la unión con el amado. Hay que dirigir toda nuestra capacidad a amar a los demás buscando su bien, así la felicidad llegará sin buscarla. Afirmamos con San Agustín que la virtud es el orden en el amor, es decir, para que un hombre sea bueno debe ordenar sus amores y en esa medida irá creciendo en libertad al sentir cada vez mayor atracción hacia el bien.


Siguiendo una sugerencia de Kierkegaard podemos decir que la persona humana es “alguien delante de Dios y para siempre”; nuestro origen y nuestro fin están en Dios y, por eso, el amor es el motor que nos lleva a la plenitud.



1 BRUCKNER, Pascal, La euforia prepetua, Ensayo Tusquets editores, 2ª edición, España, 2002, p. 50.
2 CIBIDEM, p. 182.
3 Cfr: SIERRA, Álvaro, La afectividad eslabón perdido de la educación, EUNSA, España, 2008.

 

María del Rosario Sánchez Muñiz
Doctorado en Filosofía –
Universidad de Navarra
Maestría en Educación Familiar

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