Enseñar a nuestros hijos a hacer amigos

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Hacer amigos es una habilidad social que tenemos que desarrollar, podríamos pensar que se da de manera natural, pero, así como invertimos dinero y tiempo en capacitarnos con los mejores trucos en matemáticas, inglés o robótica, hay que invertir tiempo enseñándolos a hacer amigos. Esto será la clave para su felicidad.

En edad preescolar no hacemos amigos, aprendemos a convivir, aprendemos las reglas básicas: Si pego me quedo solo, si comparto soy doblemente feliz. A las mamás les encanta repetir esta última frase. Pero pensemos un poco: tienes un pedazo de tu pastel favorito y vaso de refresco. En tu casa sólo te dan refresco y pastel los fines de semana…has esperado este momento y de repente tu mamá te dice: ¡Comparte mijito!  ¿Estás seguro que se sentirá doblemente feliz?

Los padres tenemos que asegurarnos de que la experiencia de compartir sea agradable, para que la quieran repetir. Los humanos aprendemos de las experiencias desagradables o muy satisfactorias, lo mediocre se queda en el olvido. Podemos castigar al niño que no comparte y quitarle todo el pastel… de seguro lo recordará. Pero también podemos prepararlo: “Hice pastel para que compartas con Pepito” (Así queda claro que el propósito del pastel es compartir) es más lento que el castigo y hay que repetirlo más veces (igual que las matemáticas), pero son nuestros hijos y queremos que pasen una infancia agradable. Sin embargo, esto no es suficiente, también hay que enseñarlos a jugar. Por ejemplo: “Pepito y Juan” ya comieron pastel, entonces les sacas un cajón lleno de carritos…  “Pónganse a jugar!” les decimos.  Si tienen entre 2 y 3 años; los chuparán, los tocarán todos y los aventarán (les encanta aventar cosas para verlas caer) y probablemente sin mala intención uno de esos carritos terminará en la cabeza de Juanito y Juanito le pegará a Pepito y terminaremos regañándolos: “Jueguen bonito!” ¿Cómo se juega bonito? Lo que necesitamos hacer, es sentarnos y repartir los carritos en partes iguales, en tres partes iguales y jugar con ellos.  ¡Voy a hacer un desfile! Y acomodarlos en línea con mucho cuidado. Así, les estamos mostrando como se juega, como se hacen amigos. Las bases de la amistad no cambian nunca: Tiempo compartido, un interés en común y respeto por el otro.

En la primaria es la misma cosa, también hay que mostrar el camino, ahí es cuando invitamos a las amigas de nuestra hija a cocinar un pastel, o a ver una película. Es tiempo para fomentar intereses sanos en común.

La adolescencia es una versión en reguetón de lo mismo; a veces lento a veces rápido, con ese sabor único de la juventud: tiempo compartido; haciendo nada o cambiando al mundo. Intereses en común; Música, chicos, deportes… y respeto a los demás: ¡Es la etapa de la igualdad y la fraternidad! Necesitan grandes ideales, hay que ponérselos enfrente.

¿Y los adultos? La misma receta una y otra vez. Con el valor agregado de la experiencia: Poniendo primero la cabeza; busca personas más listas que tú, más generosas que tú, para que te acepten y comprendan. Más valientes que tú, para que te ayuden a ser mejor persona, que te hablen de frente y con la verdad.   Después de encontrarlos pon todo tu corazón para ser tú también generoso y valiente con ellos. Si lo logran serán amigos toda la vida. De esos que dejas de ver por 10 años y cuando se reencuentran es como si fuera ayer.

Como en todas las actividades, para conseguir la verdadera amistad hay que examinar los medios para lograrlas con éxito y después perseverar, perseverar y perseverar, superando las contradicciones.

Los medios:
1. La humildad, cuando aceptamos que nosotros cometemos errores es más fácil disculpar los de los demás.

  1. Compartir sin reservas, como muchos te han compartido a ti; un pastel, un consejo, sonrisas, recetas, tus conocimientos, un café, galletas… tu tiempo. Sin artimañas, sin complicaciones, sin condiciones.
  2. El que pega se queda solo: Sin darnos cuenta golpeamos con críticas innecesarias, con comentarios hirientes, golpeamos cuando discriminamos, cuando hablamos a las espaldas o cuando nos quejamos por todo.
  3. Espíritu de servicio: Ayudar a los demás, estar dispuesto en los problemas, pero también dejarse ayudar y pedir ayuda. Hay que dejar que el otro también se sienta útil y valorado. Los “perfectitos” a veces caen mal.

Finalmente, sé generoso y permite que otras personas disfruten de tus amigos, no conviertas la relación en monopolio. Y, como dice el dicho: “Agua que no has de beber…déjala correr”, no la contamines con palabras o acciones inapropiadas, si no tienen nada en común, si no es tu estilo, si son diferentes comienza con el respeto a esas diferencias… y quién te dice que; quizá con el tiempo, este respeto terminará por unirlos.

Emma Aguayo de Shugert
Lic. en Antropología
Cultural, esposa y mamá de 7 hijos.