Noche de paz, noche de amor… ¡y de tamales!

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La mayoría de las personas estamos convencidas de que la Navidad, es tiempo de compartir, de recordar el Nacimiento de Jesús, de dar y recibir regalos, de galletas, pay de nuez, menudo, pavo y ¡tamales!

Sin embargo, los días previos a Navidad no tienen nada de paz, de día, corremos para todos lados, revisando largas listas de regalos que hay que comprar y de noche, andamos de posada en posada. Además, aunque repartimos muchos regalos, el amor escasea bastante.  Pues, si bien el obsequio tiene buenas intenciones, durante su adquisición hemos jaloneado y regañado a nuestros hijos “¡apúrate, que solo me retrasas! ¡Para cuando lleguemos no vamos a encontrar nada!  También le hemos ganado el estacionamiento a una señora en el mall y le hablamos feo a la cajera nueva que se toma mil horas…

Lo que si es una constante agradable son los tamales: verdes, rojos, de carne, dulces, de frijoles, de pollo o anís…en hoja de elote o plátano…todos deliciosamente engordantes.

Los tamales son un gran pretexto para compartir, sobre todo si los haces en familia, es momento para pasarla juntos y disfrutar de esa sabrosa tradición. Así, un día, compras un paquete para hacer 100 tamales (para toda la temporada) Llegas a casa y pones todo sobre la mesa, llamas a tus hijos y la mayor “ahorita va”, la adolescente llega a fuerzas porque le apagaste la tele y el pequeño… ese si está muy entusiasmado, ya hasta te saco todas las hojas de la bolsa y las tiene por toda la cocina…

Tu suegra te lo había explicado muy bien y no sonaba complicado: en una bandeja amasas la harina de maíz, el elote desgranado y la manteca…agregas agua y sal… checas la receta de nuevo y lees: -Un tantito de manteca y agua necesaria- … ¿Qué tanto es un tantito? ¿Cuánta agua es la necesaria? ¿Una taza, un litro? Bueno, tienes a tus hijos ya entusiasmados y con seguridad agregas dos tazas… está muy seco…otras dos… ¡ya se aguado! …más harina… más agua…

– ¿Le ponemos más manteca? – Pregunta la mayor, – “¡si ándale hijita!… “un poquito”, pero entre el tantito de tu suegra, tu “poquito” y lo que agrego tu hija, la masa se duplico. Cuando menos piensas ya llevas hora y cuarto, tu hijo pequeño hace rato que no está; con él se fueron algunas hojas y puedes ver su rastro de masa cruda en el pasillo.  La adolecente esta batida hasta los pies y la grande lleva rato hablando con el novio por el celular.

¡Por fin queda la masa lista! Ahora solo hay que llenar 100 hojas y la alegría de la navidad se ve opacada por el cansancio. Amenazas y chantajeas a tus hijos: ¡Vamos todos a rellenar las hojas de elote y a convivir felices! ¡A fuerzas! O si no ¡el niño Dios se lleva todos los regalos!

En silencio; y en un momento de frustración y añoranza, tratas de imaginar cómo sería aquella noche de paz y de amor hace dos mil años. Entre tamal y tamal te adentras a la escena: José, el Niño, María… ¡y los pastores! Que llegan alegres, con música cantando y bailando, me imagino un grupo grande ¡estarían por todos lados! ¡Hasta un niño con un tambor!!! No creo que fuese muy pacifica la noche….

Pero si te quedas en la fiesta y me sigues en la escena podrás ver a José unos segundos, con el niño en brazos, se lo pega lo más apretado que puede en un abrazo paternal; algo así como un jugador de lucha libre haciendo origami. ¡Es su hijo! ¡Y es Dios! Y le murmurará que lo ama y se lo comerá a besos. Jesús abrirá los ojos y lo reconocerá (y a cada uno de los pastores, y a ti y a mi también) Mientras María calienta un poco de leche de cabra y prepara pan de cebada con dátiles y miel. Necesita recuperar fuerzas y amamantar. Está cansada, pero la cara de su hijo hace que se le olvide todo.

En ese momento, volteo y veo a mi hijo pequeño haciendo monos de masa: “Es el niño Dios mami” “así lo envolvía María” sus tamales eran un desastre! Pero había valido la pena…Después de todo, una Navidad sin tamales en familia es como una Navidad sin pastores.

Emma Aguayo de Shugert
Lic. en Antropología Cultural,
esposa y mamá de 7 hijos.