Del pasado al presente para seguir avanzando

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Happy young parents with a little daughter stand under blooming pink tree outside

Retomando lo dicho en el artículo anterior, sobre “Errores de la dinámica familiar” que formaban circuitos disfuncionales en la familia considerados como procesos inconscientes transgeneracionales, es decir, aquellos que se trasmiten de generación a generación difíciles de resolver. Se recomendó que para salir de este estado cíclico es necesario comprender y procesar lo pasado negativo de la familia de origen para trabajar racionalmente las secuelas o “heridas”, que dejaron las experiencias críticas para pasar a una etapa reconstructiva con nuevo sentido existencial basada en el amor a sí mismo y hacia los demás, que favorezca el crecimiento personal y familiar. En este sentido se recomendó aumentar “la empatía” que es muy necesaria para lograr buenas conexiones interpersonales, siendo una forma práctica y muy apropiada para una mejor conciencia y cooperación con nuestros semejantes.

Los errores cometidos en la crianza de nuestro pasado no se van a poder solucionar totalmente, pero podemos aprender de ellos para detectarlos a tiempo y tomar las medidas necesarias para poder evitar males mayores. Por ejemplo, de los más clásicos y conocidos: la sobreprotección y el autoritarismo. Los dos se forman a edades muy tempranas de los niños y ambos problemas son la causa de descuidos que se producen, a pesar de que los padres pudieron haber tenido buena intención de amarlos y cuidarlos, pero fallaron en sus propósitos. ¿Por qué sucede esto? Porque ellos también tuvieron las mismas deficiencias derivadas de sus antecesores. Entraron en la triste realidad de “la cadena transgeneracional más antigua” que aún sigue. El niño debe ser amado por los padres, pero la realidad afectiva que demuestran nos dice que, por lo general, existen necesidades insatisfechas y miedos que han alterado su identidad natural. Los niños nacen buenos, amorosos, listos para amar y ser amados. Son espontáneos y creativos.  Los padres son adultos que necesitan madurez emocional, más que racional, para estar funcionando bien según las demandas naturales de los hijos. Esas condiciones difícilmente se dan, por lo que se requiere para subsanar las fallas a proceder para reparar con soluciones prácticas. El primer gran paso para saber atender y cuidar a los pequeños es reconocer qué les pasó a los adultos cuando fueron niños. Conectarse con sus necesidades insatisfechas y miedos de la infancia cuando se sintieron lastimados es fundamental para no ignorar lo vivido ni cambiarlo por idealismos evasivos, porque les impide ser empáticos con sus hijos y otras personas. Para recuperar la capacidad natural de amar cuando se recuerdan escenas lastimosas y la autoestima baja surgiendo frustraciones, hay que analizar racionalmente las situaciones pasadas, dejándolas en el pasado para vivirlas en el presente sin temor. Son experiencias negativas que nos enseñan algo de nuestra personalidad.  Si lo hacemos consciente nos ayuda a comprender los problemas emocionales por los que pasamos para no caer en la sobreprotección o en el autoritarismo con nuestros hijos.

Conclusión: los niños pequeños son dependientes, los adultos se supone que deben ser autónomos, responsables de sí mismos. Para ser buenos padres, en estos tiempos en el que vivimos crisis sociales e individuales, así como familiares y de relaciones humanas, no es nada fácil. Pero sí sabemos que después de buscar soluciones podemos cambiar de menos a más. Hay muchas maneras de superarlo, no hay que darse por vencido antes de tiempo. El problema principal del individuo es que en nuestra cultura se nos enseña para la conquista y el éxito socioeconómico, pero no para la solidaridad ni la empatía. Por este motivo y otros, los niños son “supervivientes” del mal infantil llamado “crianza”. Todos los padres anhelan dar a sus hijos lo mejor de la vida, pero al enfrentarse a la realidad de las demandas del niño y de la sociedad se caen las aspiraciones ideales.

Para que las situaciones pasadas no sean una sombra de nosotros mismos es menester afrontar los hechos y temores de nuestras vivencias ya que el pasado no se puede cambiar y es necesario aceptar la responsabilidad de nuestros actos en el presente, siendo éste el camino para aprender lo sucedido y seguir avanzando.