El pequeño valor de la paciencia.

Por: Fernando Corominas

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En los bosques se ven varios carteles que recuerdan a los excursionistas no arrojar fósforos sin haber tenido la precaución de apagarlos bien. Una pequeña llama puede provocar incendios inmensos. ¿Queremos también ahorrar en nuestra familia las catástrofes causadas por un sinfín de disputas? Pongamos el pie sobre el fósforo que se enciende; es decir, reprimamos al momento aquel acto que nos haría pronunciar una palabra malsonante.

De la impaciencia es propia la falta de reflexión. A veces, los esposos, los padres y los hijos se causan penas mutuamente diciendo cosas desagradables que no corresponden a sus sentimientos verdaderos. Todo por culpa de una impaciencia. ¿No existe la pequeña virtud de la paciencia capaz de evitar o de dominar este breve acceso de cólera injustificado e inútil? Pero se debe practicar la paciencia especialmente en los incidentes de la vida ordinaria.

Resistir el mal.

Sin embargo, hay abusos e injusticias contra los cuales tenemos el deber de protestar. Soportarlos no sería una prueba de nuestra paciencia, sino más bien, una señal de apatía si no puede llamarse cobardía.

Debemos oponernos al mal, si es necesario enérgicamente. Está mal enfadarse sin motivo razonable, o si lo hay, hacerlo sin medida. Por el contrario, hay enfados legítimos y aun necesarios: los que están basados no en el deseo de sostener nuestras opiniones sino en el deber de defender la verdad o la justicia.

¿Cuál es entonces el verdadero sentido de la paciencia si no puede soportar lo malo? La paciencia nos lleva a soportar el error, la contradicción, las molestias y de una manera general, todas las contrariedades.

Ser paciente es conservar el dominio sobre sí mismo.

Los seres susceptibles o violentos nunca son dueños de sí mismos. Puesto que lo más corriente es que nuestras impaciencias precedan a la reflexión,  hay que mantener el dominio sobre nuestros primeros impulsos.

Saber callar y esperar

Podremos ser pacientes si sabemos callar y sabemos esperar. A fin de aprender a callarnos cuando hay precisión de hablar, propongámonos no querer hablar demasiado pronto. Dejemos que los demás terminen de expresar sus ideas sin cortarles la palabra: Dejemos que pase un instante antes de contestarles. Una vez adquirida, esta costumbre nos guardará de respuestas precipitadas. Puesto que para pelearse son necesarias dos personas, es de sabios no ser la segunda. En vez de contestar enseguida al que se impacienta, o a quien nos impacienta, podemos hablarles por la noche o mañana en calma.

Reservemos para mañana lo que hoy haríamos mal. El labrador no siembra su trigo en día de tempestad.

La paciencia nos pide que sepamos esperar. Acostumbrémonos a no exigir (lo mismo que no dar) una satisfacción inmediata a todos nuestros deseos. Para llevar a cabo lo que estamos haciendo, o la educación de los hijos, o las relaciones familiares, no basta sólo saber; es necesario todavía y mucho más ser paciente. La paciencia es la madre de la ciencia.

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