El matrimonio cristiano

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La verdadera fuerza que sostiene y mueve al mundo es el amor. Esta es la experiencia que transforma nuestras personas y el ambiente en el que estemos. Muchas son sus manifestaciones y los tipos de amor, por ejemplo, se ama de diferente manera la nación, la familia, a los amigos, la religión o algunos ideales, etc. Sin embargo, existe un tipo de amor que mueve a romper con el propio egoísmo y abre a la experiencia de donación y recepción de la persona amada. Este es el amor de pareja, en él se busca consolidar un proyecto en donde ambos se comprometen conscientes y libremente a caminar juntos en la misma dirección durante toda la vida, pues el verdadero amor es para siempre.

Muchas personas afirman que no es necesario casarse por la Iglesia para amarse humanamente, para ser una pareja feliz y ejemplar. Entonces, ¿cuál sería la razón por la que hay que unirse sacramentalmente en matrimonio? En esta experiencia de amor de pareja, por muy profundo y consolidado que esté, siempre surgen límites y situaciones en los cuales el amor humano no alcanza para superar o sobrellevar las exigencias propias de la vida de pareja. Ante este tipo de situaciones surge la necesidad de participar de un elemento extra que pueda hacer la diferencia en el amor y la convivencia entre la pareja, quizá no porque una pareja esté del todo mal o le falte algo, sino porque puede estar mejor y experimentarse más plenamente. Este elemento es la gracia sacramental del matrimonio.

El matrimonio sacramental es un acto de fe y debe estar ubicado como un momento importante en la vida conjunta de los creyentes, no entendido como un acto aislado o ajeno a la vida ordinaria. Un católico es consciente de que el matrimonio es un don y una tarea, es un proyecto que inicia con la celebración sacramental del amor que ya se manifiestan y se extiende a lo largo de toda la vida con el auxilio de la gracia divina. Como vemos, el matrimonio cristiano no es un amor cerrado y reservado a los conyugues, sino un amor de pareja profundo y abierto, en donde cabe Dios y se está comprometido con el bien de los demás.

El amor de una pareja debe ser tenido como algo tan sagrado y debe cuidarse de no ser lastimado o expuesto. Debemos empezar por superar los mitos y espejismos con los cuales se rechaza el matrimonio sacramental, como: Las relaciones a prueba, si nos entendemos nos comprometemos, las uniones libres, es muy caro, nomás se casan y luego se andan separando, no necesitamos ningún papel que avale nuestro amor. Además, hay que advertir de las tentaciones que exponen la institución matrimonial: La infidelidad, la prostitución y los divorcios.

El éxito de un matrimonio no radica ni en el dinero, ni en el status social o en los grados de educación, sino en vivir bajo las notas esenciales del matrimonio cristiano: Que sea uno e indisoluble, basado en la fidelidad, el respeto por la fertilidad y la vida, la ayuda mutua, el esfuerzo por procurar el bien de ambos, el diálogo constructivo, la solidaridad en las labores y obligaciones. Pero de manera muy especial, que no se excluya la presencia de Dios en su relación, ni en su convivencia familiar.

No debemos cerrar los ojos, ni los oídos ante las consecuencias de violencia y caos sociales en el que estamos sumidos hoy. Hay que reconocer que una clave para el restablecimiento social es el recuperar el sentido y valor del matrimonio sacramental, el cual es garante y promotor del amor humano y divino en el mundo.

 

Pbro. Lic. Carlos Mario Jiménez Vargas

Párroco de María Madre del Redentor