Ocio y Negocio

Por: Paz Fernández Cueto

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Solemos asociar el ocio con la pereza, la inactividad o la desidia. Cuántas veces oímos decir a nuestros papás y maestros: “no estén de ociosos”, porque estar de ocioso equivalía a no hacer nada o, al menos, a perder el tiempo en algo que no valía la pena. Es así como nos hemos acostumbrado a identificar el ocio como un lugar pasivo del descanso, una especie de oasis alejado del mundo laboral.
Sucede que los romanos, expertos en darse buena vida, vida de romanos, relacionaban el trabajo físico con el negocio, con esa ocupación cuyo producto inmediato es el dinero, indispensable para obtener el pan de cada día, o con aquellas labores rudas y pesadas que asignaban a los esclavos. El ocio, en cambio, era su tiempo libre y, como lo demuestra el origen de la palabra, era la situación más natural, la ideal, porque lo contrario, lo negativo, era el negocio, la negación del ocio, neg-otium, actividad ciertamente necesaria pero considerada inferior. Los señores de clase privilegiada, sin penurias económicas, podían darse el lujo de dedicarse al ocio concebido como la actividad suprema del hombre, aquella que deleita el espíritu elevándolo a niveles más altos, la que produce el gozo profundo y el descanso del alma, como es el arte, la literatura, la poesía, la música o la danza. De ahí que, hacer algo por amor al arte, significa no esperar retribución material alguna, más allá de la satisfacción que produce la actividad misma.

“… Esta temporada de encerramiento forzoso, alejados del trabajo rutinario y del mundo laboral, nos ha obligado a reflexionar a qué dedicamos nuestro tiempo libre. Nos ha dado oportunidad de recuperar el valor auténtico del ocio, de ese espacio privilegiado para crecer en humanismo, para despertar nuestra capacidad de asombro y espontaneidad, atributos esenciales del artista …”

Pieper pensador alemán, retoma el origen del ocio concebido en la antigüedad como el “espacio en el que el hombre se encuentra consigo mismo, cuando asiente a su auténtico ser”. El hombre contemporáneo, por el contrario, suele identificar al negocio con el mundo de la acción y de la eficiencia encaminada a producir bienes inmediatos. El valor está relacionado con lo útil, lo práctico, lo eficaz. No hay tiempo para actividades del espíritu poco productivas. Detrás del workaholic suele haber un haragán escondido tras su zona de confort, ahogado en una rutina agobiante. Una vida sin ocio pierde sentido, se vuelve vacía, aburrida y tediosa.
Esta temporada de encerramiento forzoso, alejados del trabajo rutinario y del mundo laboral, nos ha obligado a reflexionar a qué dedicamos nuestro tiempo libre. Nos ha dado oportunidad de recuperar el valor auténtico del ocio, de ese espacio privilegiado para crecer en humanismo, para despertar nuestra capacidad de asombro y espontaneidad, atributos esenciales del artista. Hemos dedicado tiempo, quizá porque no ha quedado de otra, a esa dimensión olvidada como es la recreación, la contemplación, cuando el hombre suele encontrarse consigo mismo y descubre el sentido último de la existencia. Durante esta cuarentena, cuánto tiempo hemos aparentemente perdido en creatividad para entretenernos en familia, en actividades consideradas ociosas porque no producen dinero, pero cuánta felicidad, unión y satisfacción. Saldríamos de gane si al salir a un nuevo mundo, volviéramos a interesarnos por aquello nos hace sentir más realizados y plenos.

 

Paz Fernández Cueto
paz@fernandezcueto.com