¡Porque lo digo yo! Radiografía de una “mala madre”

Por: Claudia Orduño

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El título puede asustar, pero sigan leyendo, hay confesiones de “malas madres” bastante interesantes.

La primera vez que escuche un “porque lo digo yo” de parte de mi mamá, me quede perpleja. ¿Cómo a mi santa madre se le ocurría decirme esas palabras tan feas cuando yo sólo pedí una pequeña explicación? Qué mala mamá pensé.

Muchos años después, mientras hacía el súper (aquella que diga que hacer el súper con los niños es divertido… ¡miente!), mis hijos se pusieron de acuerdo para al unísono de “queremos un huevo sorpresa” hacer gala de voz, grito, llanto y todo lo que se le pudiera acompañar. Armándome de valor, de paciencia y con una sonrisa, en medio de aquel domingo de supermercado llenísimo, lancé una mirada con un “ahorita no niños”, adivinen la respuesta: “¿pero por qué mamá?, y con un suspiro, mi respuesta fue “porque lo digo yo”.

“…comprendí que somos muy malas aquellas que: educamos a la usanza “de antes” aquellas que les pedimos a nuestros hijos colaboren en ciertas labores domésticas, no compramos el juguete que está de moda, ponemos reglas en casa y las hacemos valer…”

Me quedé perpleja. Confieso que por unos breves segundos pensé en volver a voltear y darles una explicación más elaborada, pero me contuve. Me contuve porque recordé que con el tiempo comprendí a mi mamá, a mis abuelas, a mis tías, a mis amigas que, con más experiencia que yo, me habían confesado lo mucho que duele eso de ser “mala madre”, sí, esa mamá que tiene y debe decir un rotundo “no”.

No dudo que “la nueva forma de educar” a esta generación, prohíba el “porque lo digo yo” o los regaños y promueva el diálogo y la comunicación, a lo cual aplaudo y estoy de acuerdo, pero en mi casa, no sé en la de ustedes, éstos dos últimos van acompañados de respeto, formación, y guía.

En una ocasión, llegué a un café y en una de las mesas, vi a un grupo de personas platicando, conviviendo y del otro lado del lugar, en el “área de niños”, estaban, asumo yo, los hijos esperando a que se terminara la tertulia. En sus manos cada uno cargaba un celular. Las niñas se tomaban sefies, los niños se grababan así mismos, una escena que pudiera ser “muy normal” para muchos, a mí me asombró, pues ninguno de ellos se estaba viendo a los ojos, ni platicaban entre sí, ni convivían. Estaban cada uno con sus celulares, niños menores de diez años. Mi hija, de siete, me dijo “mamá, esos niños tienen teléfonos”, entendí el mensaje entre líneas; mis hijos no pueden tocar el teléfono de mamá o papá a menos que sea una emergencia o que de plano se requiera para “entretenerlos” con alguna película o video.

“…NO. Porque un “no” a tiempo, para mí y sé que para muchas mamás que me leen, es mejor que un “hubiera”, ¿o me equivoco?…”

A raíz de ese episodio, me puse a pensar en todas aquellas acciones que, a los ojos de los niños, pudieran catalogarnos a las mamás como “malas madres”, hasta lograr completar una breve “radiografía”, y no, mala madre no es aquella que no atiende a sus hijos, comprendí que somos muy malas aquellas que: educamos a la usanza “de antes”, aquellas que les pedimos a nuestros hijos colaboren en ciertas labores domésticas (mi hija tiende su cama antes de irse a la escuela, todos los días, aunque ya me confesó que le molesta mucho hacerlo, estoy segura que algún día me lo agradecerá), somos malas madres las que no compramos el juguete que está de moda, somos malas madres aquellas que ponemos reglas en casa y las hacemos valer, aquellas que, repito, sabemos decir NO. Porque un “no” a tiempo, para mí y sé que para muchas mamás que me leen, es mejor que un “hubiera”, ¿o me equivoco?, y es que, en las múltiples charlas en cafecitos, afuera de la escuela esperando a los niños, piñatas y reuniones, la conversación gira siempre en torno a la diferencia entre la educación que nos dieron nuestros padres o abuelos y a lo que nos enfrentamos las “mamás modernas”.

“…La radiografía de una mala mamá también va acompañada de que esa comunicación que tenemos con las crías también vaya acompañada con una dosis de realidad…”

La radiografía de una mala mamá también va acompañada de que esa comunicación que tenemos con las crías también vaya acompañada con una dosis de realidad. Mi hija mayor se queja de que ella está lo suficientemente grande como para andar de mi mano y “cerquita de mamá” como le pido yo que ande cuando vamos a lugares públicos. Confieso mi pánico al cargar a dos y en espera de un tercero, pero ese es otro tema, el caso es que, en las últimas vacaciones, nos tocó presenciar como una niña se perdía de su mamá. Mi hija salió de la alberca y me abrazó y me dijo “nunca me voy a separar de ti mamá”. Así que el diálogo en casa va acompañado de realidad y de ejemplos que hemos vivido o nos ha tocado vivir. Una mala mamá también regaña, corrige y con dolor de su corazón, también aplica consecuencias. Mi hijo de dos años cuando sabe que hizo algo que no debía, me dice “mamá, ¿reflexiono?”, porque sabe que le toca un poco de reflexión como parte de las consecuencias. Una mala madre se sabe que no es perfecta, y sabe que puede ser criticada, porque somos muy buenas para juzgar ¿o me equivoco? Pero en ese entendimiento de sabernos humanas perfectibles, entendemos también que lo que hagamos con amor y el corazón por nuestros hijos, se verá reflejado en su propia formación y desarrollo personal.

Una mala madre reconoce la imperiosa necesidad de leer, ver, escuchar, platicar y compartir con otras mamás, con los papás, con quienes rodean la vida de los hijos sobre cómo avanzar en esta época en la que nos tocó vivir.

Confieso que, sí me considero mala mamá, porque soy estricta para la crianza de mis hijos, pero mi crianza va acompañada. No se crían solos, es dedicarnos en cuerpo y alma tratando de equilibrar los otros miles de cosas que hacemos. Es saber apechugar ese dolor que sentimos cuando los vemos tristes porque no obtuvieron lo que desearon pero que sabemos aprenderán que las cosas se ganan y que la vida no es sólo dar, tener, comprar obtener, sino que se compone de muchas otras satisfacciones más.

Los hijos nos retan, nos ponen a prueba y nos obligan a prepararnos, a encontrarnos y a definirnos, pero cuando los vemos dormir en nuestro regazo, cuando celebramos sus logros, cuando vemos cómo conviven y se desarrollan en su entorno, segura estoy, ese “ser mala madre” se transforma en tu más grande súper poder. Confieso que, en estos momentos, poder compartir estas experiencias de mi etapa de mamá contigo, es crear este puente de diálogo donde podemos aprendernos y reconocernos. Celebro tu maternidad, celebro este mes en el que se nos celebra, con amor, con admiración con absoluto respeto y con sentido del humor también, porque la vida sería más dura aún si no la viéramos con pasión, entrega y estos momentos donde podemos disfrutar con optimismo esta etapa que nos tocó vivir.