Un paseo por el parque

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Después de algunas horas frente a la computadora, abandoné mi escritorio, subí al carro y en unos minutos estaba rodeada de árboles y salpicada por una fuente. Caminar sólo por el gusto de hacerlo, sobre un par de tenis y envuelta en ropa deportiva, puede ser una experiencia que va más allá del mero placer de ejercitarse, eso me sucedió hace unos días cuando una tarde que se despedía acompañaba mi paseo por el parque.

Tardé unos pasos, tal vez muchos, en dejar de mirar dentro de mí, la vista me alcanzó entonces para celebrar a un niño montado en bicicleta con una  sonrisa que ningún “gadget” puede conseguir. Su espontáneo gesto me contagió… sonreí también. Apenas acomodaba la sonrisa entre mis labios, cuando pasó a mi lado una niña en un triciclo rosa, seguida de su mamá que  caminaba tras ella. La pequeña parecía ignorar el insistente “no te alejes” y  enfilaba a todo pedal por una de las veredas adoquinadas, sólo detuvo su marcha un puesto de globos que le atrajo al punto que casi se estampa en él,  quedó extasiada frente al aparador ambulante.

En otra área un grupo de adolescentes organizados en filas, con trompeta y tambor en mano, ensayaba capitaneado por dos adultos. En la pista de patinetas los muchachos hacían malabares y se retaban unos a otros, mientras se divertían a veces suspendidos en medio de una acrobacia. Cerca del quiosco corrían perros en franco paseo, a la vista de sus dueños. En la pista de arcilla, encontré otras personas, también en tenis, algunos a trote, solos, en pareja o en grupo.

Más adelante, en una verde hondonada un grupo de jóvenes hacía maromas, dibujaban una y otra vez la popular “vuelta de carro”, no lejos de ahí los niños deslizaban su infancia en los resbaladeros. Sentadas en las bancas alrededor de la fuente, algunas personas comían frituras, de ésas que saben mejor cuando se ahogan en limón y chile. Agradecí el verde trazo sobre el paisaje que delinean los olivos negros, yucatecos, palmas datileras, tabachines y naranjos así como la sombra que proveen en los largos días de verano.

El festivo ambiente poco a poco dejó correr un velo tejido de indiferencia. Conforme oscurecía, el lugar fue mostrando otra cara, la noche se acercaba y con ella personas que habitan la calle, que se refugian y duermen en el parque o cerca de él, donde confluyen dos realidades. Traté de imaginar el frío que deben sentir, sumado al abandono y la soledad. Su presencia ahí, me mostró el largo camino que debemos recorrer para llegar a conformar una sociedad evolucionada.

Me pregunté entonces cómo podemos ser la mayoría de las veces, si no es que todas, ajenos al sufrimiento de esas personas, ¿por qué nos comportamos como si fuésemos incapaces de ser solidarios? Contrario a ello, tal vez nos quejamos de su presencia ahí porque a nuestro juicio demeritan el paisaje de la ciudad, lastiman nuestros ojos. Es cierto que algunas veces pueden ser un peligro porque están alcoholizados o padecen de sus facultades mentales, pero otras veces no, estas personas tienen también una vida, pero la escriben desde una situación menos afortunada, en una suerte de destierro, ¿qué circunstancia las arrojó a la calle?

No pude evitar pensar en las historias de violencia, injusticia, miseria y desintegración familiar que escriben el prólogo de estas vidas desventuradas. Creo que podríamos intentar por un momento ser empáticos y comprender que desde su realidad tal vez nos perciban como esos fantasmas indiferentes que recorremos su parque, sus calles, con miedo a mirarlos, a acercarnos.

 

Lic. Imelda Escalante

Articulista

Fianzas

Asesoría profesional y ventas

Guadalajara, Jalisco.

E-mail imeldaesc@hotmail.com , imeldaescalante@live.com.mx