“Soy suficiente.
Soy capaz.
Soy amada.
Tengo la fuerza suficiente para vivir lo que venga.
Tengo en mí el valor para vivir lo que la vida me tiene como regalo.”
Las afirmaciones positivas se han vuelto muy comunes. Las encontramos en agendas, en frases que compartimos, en ejercicios que invitan a recordarnos quiénes somos. Y aunque a veces pueden parecer palabras simples, en realidad cumplen una función muy profunda: engrandecer el corazón.
Nos recuerdan algo que ya poseemos.
Nos devuelven la mirada hacia eso que muchas veces olvidamos reconocer: que dentro de nosotros existe una fuerza real para vivir bien, para afrontar lo que venga, para responder a la vida con dignidad.
Las afirmaciones no buscan convencernos de algo que no somos.
Buscan recordarnos lo que ya está ahí.
Por eso, cuando llega el 8 de marzo, se habla mucho de empoderamiento. Se habla de derechos, de oportunidades, de igualdad. Y claro que es necesario. La historia también ha tenido momentos donde las mujeres han tenido que hacerse visibles para poder aprovechar las oportunidades que Dios y el mundo les ofrecían.
Pero confieso que siempre me hace pensar la palabra empoderamiento.
Porque en algún punto esa palabra parece sugerir que antes faltaba poder.
Y yo no estoy tan segura de que ese haya sido realmente el problema.
Creo que las mujeres siempre hemos tenido poder.
- No un poder para dominar.
- No un poder para conquistar lo que está fuera de nosotras.
- No un poder para imponernos sobre otros.
“… No un poder para dominar. No un poder para conquistar lo que está fuera de nosotras. No un poder para imponernos sobre otros …”
Sino un poder más profundo.
- El poder de conquistarnos a nosotras mismas.
- El poder de ser quienes fuimos llamadas a ser.
- Un poder que se manifiesta en la capacidad de sostener, de cuidar, de amar, de reconstruirse cuando la vida se rompe. Un poder que muchas veces ha sido silencioso, pero no por eso menos real.
“… El poder de conquistarnos a nosotras mismas. El poder de ser quienes fuimos llamadas a ser. Un poder que se manifiesta en la capacidad de sostener, de cuidar, de amar, de reconstruirse cuando la vida se rompe. Un poder que muchas veces ha sido silencioso, pero no por eso menos real …”
Claro que la historia ha tenido injusticias. Claro que todavía existen roles, creencias y relatos que en ocasiones limitan ciertas formas de desarrollo.
Pero a veces, en medio de esa lucha, también hemos perdido el camino.
Porque cuando el objetivo se convierte en tener poder, comenzamos a competir por él. Y cuando competimos por el poder, fácilmente aparece la tentación de tomarlo quitándoselo a alguien más.
Y la dignidad humana no funciona así.
- La dignidad no se reparte.
- La dignidad se posee.
Por el simple hecho de existir.
Por eso hoy me gusta pensar el empoderamiento desde otro lugar. No como adquirir poder, sino como ejercerlo.
El poder de elegir.
- Elegir cómo vivir.
- Elegir qué hacer con los dones que tenemos.
- Elegir cómo responder a lo que la vida nos presenta.
“… El poder de elegir: Elegir cómo vivir. Elegir qué hacer con los dones que tenemos. Elegir cómo responder a lo que la vida nos presenta …”
Porque elegir también exige reconocer lo que valemos.
Cuando decimos “me lo merezco”, no estamos esperando que el mundo nos lo dé como si fuera una deuda pendiente. Estamos reconociendo que el mundo tiene bienes, oportunidades y caminos posibles, y que estamos dispuestos a trabajar internamente para poder aprovecharlos y transformarlos en algo bueno para nosotros y para los demás.
Hoy también reconozco algo con mucha humildad: yo soy un “todavía”.
- Todavía estoy aprendiendo.
- Todavía estoy creciendo.
Pero hay algo que sí quisiera transmitir a mis hijas: que son suficientes. Que no tienen que pelear por su valor, sino vivirlo.
Que otras mujeres puedan reconocerse fuertes, no porque les falte fuerza, sino porque muchas veces olvidamos reconocer la fuerza que ya hemos adquirido.
Y también quisiera que hombres y mujeres recordáramos algo muy simple: defender el derecho del otro es la única garantía de detener la guerra.
“… Hombres y mujeres recordáramos algo muy simple: defender el derecho del otro es la única garantía de detener la guerra …”
Si el dolor de otras mujeres nos ha llevado a tener un 8 de marzo, ojalá ese dolor también nos lleve a una decisión distinta: nunca más propiciar el dolor en nadie.
Sembrar algo diferente.
- Reconocimiento.
- Respeto.
- Amor.
Para que podamos vernos unos a otros por lo que somos.
Simplemente por lo que somos.
Ana Tamara Robles Pliego
Lic. en Ciencias para la familia. Familiologa / Especialista en agilidad emocional y hábitos.
INSTAGRAM: tamararoblesp



