Los seres humanos nacemos con todo un bagaje de reacciones innatas que resultan de enorme valor para nuestra supervivencia. Hablamos de las emociones básicas, entre las cuales se encuentran la alegría, el enojo, el miedo o la tristeza.
Aunque lo cierto es que todas nuestras respuestas emocionales tienen una razón de ser, con frecuencia denostamos aquellas que resultan más desagradables. En este sentido, la tristeza suele ser una de las emociones menos populares.
A pesar de su mala fama, la tristeza es un estado natural y necesario. Se trata de una emoción esperable en situaciones desfavorables que va acompañada de llanto, pesimismo, insatisfacción… considerándose el estado opuesto a la alegría. Esta reacción es fundamental en momentos de pérdida o fracaso, sobre todo cuando decimos adiós a personas y vínculos significativos.
Lo cierto es que la tristeza se puede manifestar de diversas formas y con distintos niveles de intensidad. A nivel físico, la tristeza nos hace llorar, mostrar retardo psicomotor, perder el apetito, dormir peor e incluso sentir un profundo cansancio. A nivel mental, la tristeza nos hace enfocarnos de lleno en la situación problemática, con dificultad para mantener la concentración en otras cuestiones. Internamente, la persona puede sentirse vulnerable y abatida. A nivel conductual, la persona se puede sentir profundamente desmotivada, buscando a menudo el aislamiento social y restringiendo sus actividades cotidianas.
Si bien todas estas reacciones pueden resultar patológicas, todo depende del contexto y la intensidad. En algunos momentos de la vida, estos cambios asociados a la tristeza son los que nos permiten reflexionar, parar y replegarnos sobre nosotros mismos para digerir lo que está ocurriendo. Sólo haciendo esto podemos encajar el dolor en nuestra historia personal para posteriormente ir recuperando la normalidad y lo mas importante aprender de ella.
El ser humano es complejo y sus experiencias internas se encuentran repletas de matices. Por ello, hay ocasiones en las que la tristeza puede llegar a vivirse con cierta sensación de placer. Esto ocurre especialmente en relación con el arte, sobre todo cuando hablamos de música.
De esta manera, parece existir evidencia que sugiere que el placer es una respuesta común ante las melodías de carácter triste. Si bien esta asociación puede ser chocante, son varios los aspectos que explican esta cuestión.
En primer lugar, la música triste se caracteriza por ser suave y lenta. Su tono en general es más bajo y esto potencia la expresión de dicha emoción. Estas características de la melodía pueden hacer que una canción melancólica sea agradable para nuestros oídos. De alguna forma, los aspectos estéticos de las canciones pueden distraernos de aquello que nos duele.
Por otro lado, la música puede representar todo un canal de expresión emocional. A través de ella podemos conectar de forma controlada y segura con ciertos estados internos que de otra forma serían difíciles de gestionar. Escuchar una melodía triste es diferente de vivir una situación triste real. La música nos evoca emociones en entornos con cierta distancia, lo que puede ser liberador para muchas personas.
“… Cuando escuchamos melodías tristes, nuestro organismo puede segregar prolactina, una hormona calmante que también es liberada cuando una madre amamanta a su bebé …”
La música puede influir incluso en nuestras hormonas. Cuando escuchamos melodías tristes, nuestro organismo puede segregar prolactina, una hormona calmante que también es liberada cuando una madre amamanta a su bebé. Se trata de una sustancia capaz de generar calma y rebajar el dolor.
La música triste es especialmente placentera para aquellas personas con una alta capacidad para empatizar con los demás. La empatía podría definirse como esa habilidad que nos permite entender los estados internos del otro. Cuando se posee esta cualidad, la persona logra conectar con la experiencia emocional del intérprete.
La música triste también puede servir como vehículo hacia el pasado. A veces, este tipo de melodías nos hacen entrar en un estado de nostalgia, ya que nos conectan con otras épocas pasadas de nuestra vida. Revisar momentos significativos puede ser agridulce, pues los recuerdos agradables desatan añoranza y a veces dolor por lo que ya no se podrá vivir de nuevo.
Añadido a todo lo anterior, la música es a veces una fiel compañera en los momentos difíciles. Una canción triste en un momento difícil a veces puede sentirse como un abrazo al corazón. A menudo, las canciones tristes versan sobre temas familiares para la mayoría de la gente, por lo que pueden reducir el sentimiento de soledad o incomprensión. En definitiva, la música puede ser una vía para sobrellevar los momentos duros de la vida.
“… La música triste puede ser de ayuda para aquellas personas con menos capacidad para mirar hacia dentro y comprender o expresar sus estados internos …”
Finalmente, la música triste puede ser de ayuda para aquellas personas con menos capacidad para mirar hacia dentro y comprender o expresar sus estados internos. La voz de quien interpreta una melodía puede poner en palabras aquellos sentimientos que, de otra forma, algunas personas no podrían concretar. Podríamos decir que la música triste es un catalizador que favorece la comprensión y verbalización de las emociones.
“… Es un catalizador que favorece la comprensión y verbalización de las emociones …”
Psic. Diana Spíndola Yáñez
Psic. Diana Becerril Spíndola
CENTRO DE ASESORÍA
PSICOLÓGICA-SKOOL-TOOLS
FACEBOOK: centro de asesoria psicologica-skool-tools
Tel. 210 3280 – 662 206 3414



