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Me gusta tener razón

Por: Samuel D. Cota

Existen muchas cosas en mi vida que disfruto; la música, la comida, hacer ejercicio, limpiar la cocina de mi casa (aunque parezca extraño), estar con mi esposa, jugar con mi perrita. En verdad tengo contentamiento en ello.

Una de las cosas que me gusta, es que me digan “tienes razón”. La satisfacción de saber que poseo la información correcta para resolver un problema, uff! Es fascinante. El ego que existe dentro de mí se infla cuando alguien me dice: “Tienes razón”. O, cuando yo comenté algo y no se hizo, y al final se dan cuenta que lo que yo había dicho era lo correcto, no sabes el placer que se genera dentro de mí cuando llego a responder: “Te lo dije”.

Ahora, no solamente al momento de tener la información correcta es cuando el ego crece en mí; cuando se trata de juzgar a alguien, también me gusta tener la razón. Me gusta saber que sospechaba algo de alguien y al final resultaba ser correcta esa conjetura. Aunque debo confesarte que no sucede muy menudo, ya que, como todas las personas, cometo errores muy seguido. Pero, es irrelevante. Lo que quiero destacar es que me es agradable tener la razón.

Si estás pensando de mí que soy una persona ególatra, altanera, pretensiosa, vanidosa, pedante… tienes razón. Se siente bien ¿verdad? Lo más probable es que al leer las primeras líneas de mi escrito, comenzaste un juicio basándote en lo que leías. ¿Me equivoco?

Desconozco tu realidad, no tengo la información completa de tu situación actual; quizá estás leyendo esto en tu casa o en la oficina. Lo que sí te puedo asegurar es que todos los humanos con razonamiento hemos sido victimarios y víctimas de los prejuicios. En alguna ocasión de tu vida te has sentado en la silla del juez y has dictaminado veredictos hacia los demás. Juzgas al gobierno, a tus padres, amigos, a Dios, a la naturaleza, a tus vecinos, a la gente que ves en los centros comerciales. Y así, puedo hacer una lista de muchas personas a las que has sentenciado dentro de ti. Todos hemos dicho o pensado alguna vez algo así: “Mira a esa persona, ha de ser de tal manera”. Vemos a un bebé con una condición física que no encaja con lo que denominaríamos “normal”, y comenzamos a hacer un juicio sobre si los padres de ese niño le heredaron esa condición. Pensamos que la mamá no se cuidó lo suficiente como para tener un hijo “sano”. Podríamos culpar a los médicos incluso a Dios que permite que sucedan tales cosas.

Buscamos una manera de justificar aquello que no entendemos. Aquello que no se parece a lo que normalmente vemos, sentimos y escuchamos, maquinamos sentencias que nos produce “paz” porque decimos: “Ah, pasa esto por esto y esto y esto”. Entonces pretendemos tener el control de las cosas porque sabemos cuál es el problema y tenemos la solución.

<<Qué tontería>>

“… Tus opiniones son solo eso; opiniones. No necesariamente son verdad porque cada quien ve la vida de manera distinta …”

El hecho que tengas un cerebro, no te da derecho a juzgar a nadie. Tus opiniones son solo eso; opiniones. No necesariamente son verdad porque cada quien ve la vida de manera distinta. Tu verdad es tuya, de nadie más. La perspectiva de otros no tiene que ser tu perspectiva.

Mi hermano mayor es un hombre muy sabio y una vez me dijo lo siguiente: “No vemos la vida como es, vemos la vida como somos”. Una situación no significa lo mismo para ti que para mí. Aunque un grupo de personas estén en el mismo lugar, todos ven el cuarto de manera distinta.

“… No vemos la vida como es, vemos la vida como somos …”

Yo me he metido en muchos problemas porque me aferro en que tengo la razón. El ego en dentro de mí está enamorado de acertar siempre, no de solucionar un problema para alguien. El orgullo que de repente surge en mi interior me incita a buscar momentos claves para hacer brillar mi punto de vista y que los demás digan “estás en lo correcto”.
Cuando realicé que dentro de mí había un regocijo al escuchar “tienes razón”, caí en cuenta en que estaba mal. Mis ojos se abrieron a la verdad de que me interesa más el ego que ayudar a otros.

<<Siéndote muy honesto, me dolió>>

Hoy, no puedo presumir que he sido liberado de los juicios. De ninguna manera. Trabajo todos los días para no juzgar y detenerme cuando estoy haciendo un juicio contra algo o alguien.

Con estas letras no busco tener la razón; yo anhelo que decidas no juzgar. No estoy sugiriendo que no desarrolles criterio en algo (todos debemos producir criterio; “sentido común” si lo quieres ver así) o que descuides tu corazón, sino que estés consciente de que nuestros juicios no son totalmente certeros todo el tiempo. Quiero llegar a incomodarte con esto de tal manera que te detengas cuando te des cuenta que estás enjuiciando a otros.

¿Acaso no te duele cuando alguien más lanza un juicio sobre ti?

¿Acaso no te molesta cuando alguien llega a una conclusión basada solo en rumores?

¿Acaso no te enfada que alguien asegure ciertas cosas sin siquiera darse el tiempo de conocer el trasfondo de la situación?

La regla de oro dice así: “Trata a los demás como te gustaría ser tratado”.

  • Yo no quiero ser juzgado; no debo juzgar.
  • Yo no quiero ser criticado; no debo criticar.
  • Yo quiero ser aceptado; yo debo aceptar.
  • Yo quiero ser escuchado; yo debo escuchar.
  • Yo quiero ser amado; yo debo amar.

¿Ya te disté cuenta lo dañino que es obsesionarse en tener la razón?


Samuel D. Cota
Licenciado en Enseñanza del Inglés
lic.samuelcota@gmail.com

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