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La Candelaria y los niños, motivo de fiesta

Por: Paz Fernández Cueto

Al acercarse el 2 de febrero, fiesta de la Virgen de la Candelaria, vale la pena darse una vuelta por los mercados populares de la Ciudad de México y sus alrededores para disfrutar de un espectáculo pleno de devoción y de folklore. En ellos abundan los más variados modelos de vestidos, listos para ajuarear al Niño Jesús a sus 40 días de nacido, cuando es llevado a Presentar al Templo. Hay para todos los gustos: desde el uniforme del equipo favorito de futbol, hasta el vestido del Niño de la Abundancia, de la Salud, de las Palomas o de la Paz. Las madrinas se encargan de levantarlo del pesebre para llevarlo a presentar a la iglesia del lugar.

El ambiente festivo que suscita una vida que comienza, contrasta con la incertidumbre y el temor que se percibe hoy día cuando se piensa en tener hijos. Cada vez son más los jóvenes, y no tan jóvenes, que consideran una locura llegar a engendrar: ¿Qué clase de mundo vamos a dejar a nuestros hijos?, ¿Qué futuro les espera a las siguientes generaciones? El embarazo ha dejado de ser ese estado de buena esperanza, como hasta hace poco se le consideraba, hasta ser percibido como una amenaza o limitación cara al futuro.

“… El embarazo ha dejado de ser ese estado de buena esperanza, como hasta hace poco se le consideraba, hasta ser percibido como una amenaza o limitación cara al futuro …”

No kids double income es la fórmula que al parecer más se acomoda a las parejas jóvenes en los tiempos modernos. Clara Georges en su artículo de Le Monde publicado el pasado mes de diciembre, llega a la conclusión de que no son los desafíos sociales, políticos o ecológicos los que más han influido en el modo, radicalmente opuesto, de percibir la posibilidad de tener hijos. Una nueva variante de las tesis antinatalistas se esconde bajo esta mentalidad, en un intento por reivindicar las posturas egoístas que subyacen realmente en el fondo. Retos más grandes, con mucho menos recursos disponibles, se han tenido que superar a lo largo de la historia de la humanidad, sin que por ello sucumbiera la esperanza puesta en las nuevas generaciones.

En cualquier caso, ninguna tesis o argumento podría convencer a las madres o a los padres que renunciar a tener hijos es un bien. Sobran argumentos para convencerse que engendrar no es una locura, como lo demuestra la reciente publicación de Jean Birnbaum titulada Solamente los niños cambian al mundo, donde el protagonista es un bebé, un ser cuya venida al mundo “dinamita uno a uno nuestros prejuicios”. El ensayo mezcla relatos íntimos con reflexiones políticas. “Convertirse en padre o madre de un niño –escribe- es dejarse trastornar por él, al comprobar los múltiples efectos sensibles, intelectuales y políticos de su aparición en nuestras vidas”. Cada niño es como un universo completo, un mundo nuevo lleno de posibilidades y promesas. No en vano los griegos llamaban a los niños oi neoi, los nuevos, porque, cada nuevo nacimiento, según la filósofa Hannah Arendt, es como una garantía de salvación en el mundo, como una promesa de redención para los que no están ya comenzando.

“… Sus miradas, sus sonrisas y balbuceos, o el simple roce de sus manitas al juntarse con las nuestras tienen fuerza terapéutica …”

Sin más mérito que el haber nacido, los bebés trastornan de tal manera a sus padres que les hace capaces de dar la vida por ellos. Sus miradas, sus sonrisas y balbuceos, o el simple roce de sus manitas al juntarse con las nuestras tienen fuerza terapéutica. No para evadir la realidad tal y como es con toda su crudeza, sino para mirar el futuro con la seguridad y confianza que los niños depositan en la nuestra. La sabiduría popular en el día de la Candelaria reivindica el papel de los niños esperanza del mundo y motivo de fiesta.



Paz Fernández Cueto
paz@fernandezcueto.com

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