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Las manos de mi madre

Por: Claudia Orduño

Siempre me ha intrigado el tema de quien hace las cosas. De chiquita, veía a mi abuela, manejar el hilo y la aguja para bordar de una manera magistral, parecía una danza aquel ir y venir del hilo, aguja y sus manitas calientitas de amor, de igual forma que lo hacía con el gancho para los tejidos. Luego cuando amasaba para hacer tortillas de maíz o de harina, sentía yo que estaba viendo un espectáculo donde se fusionaban los ingredientes con el calor, la energía y el amor mediante los movimientos armoniosos y unos cuantos trancazos de parte de las manos de mi abuela.

Por allá del año 2007 pensé, que pasaría si me pusiera a buscar todas las manos de las abuelitas que formaron a nuestras generaciones. Por ahí deben de andar las manos de quienes forjaron a los médicos, a los maestros, a los abogados… esas manos que criaron, alimentaron y defendieron a generaciones enteras. Vivía yo en aquel tiempo en Querétaro, los domingos iba a comer gorditas de maíz quebrado al mercado y en un domingo de aquellos, empecé a ver detenidamente las manos de las mujeres. No me lo tomen a mal, no era con morbo ni nada por el estilo. Mi admiración obedecía mas bien a una acción poética de la mamá dando de comer a un bebé, o veía como tomaban de la mano a los niños al cruzar la calle, observaba con detenimiento como las artesanas bordaban, hacían joyería, gorditas de nata… me encantaba ver como las mamás más jóvenes enseñaban a caminar a los bebes… era todo un espectáculo para mí y yo anotaba en una libreta “las manos que forman a México”. Soñaba con viajar por todo el país conociendo esas historias. Las manos trabajadoras de los ferrocarrileros, de los mineros, de los constructores, de quienes han hecho nuestros caminos y carreteras. Imagínate cuantas generaciones formadas por las manos de los maestros y maestras que con paciencia, amor y dedicación, tomaron las manos de los niños para enseñarlos a trazar las letras o los números.

“… cuando las manos de mis hijos tomaron mi dedo pulgar como soporte mientras se amamantaban o mientras estaban por dormirse, comprendí que mis manos, como diría la canción de Alberto Cortés de “el abuelo”: “mis manos ya no estaban vacías”. Comprendí que tenían un propósito …”

La vida me llevó a otros caminos. Pasaron los años, me convertí en mamá y justo ahí, cuando las manos de mis hijos tomaron mi dedo pulgar como soporte mientras se amamantaban o mientras estaban por dormirse, comprendí que mis manos, como diría la canción de Alberto Cortés de “el abuelo”: “mis manos ya no estaban vacías”. Comprendí que tenían un propósito. Y no es que antes no lo hubieran tenido si siempre he sido una mujer laboriosa, pero, ante la enorme responsabilidad que asumimos mi esposo y yo de ser padres, consientes y entregados a ello, comprendimos que ahora nuestras manos guiarían la vida de nuestros hijos. Y así ha sido.


Hace poco, mi mamá me dijo que sus manos ya no eran las manos de una señora joven, y que le recordaban a las manos de su mamá, ósea mi abuela. La vanidad, propia del ser humano, en la eterna pelea contra el tiempo, ha hecho que mi mamá se haga experta en cuidado de sus manos para que el sol de la ciudad en la que vivimos no las dañe, para que las labores domésticas o el tan de moda uso de antibacterial no acabe con el brillo y elasticidad de la piel. Y mientras me contaba todo eso, yo solo imaginaba todo lo que sus manitas habían hecho por mí. Quiero invitarte a que, mientras me lees, imagines y recuerdes las manos de tu mamá. Aquellas que te cobijaron, aquellas que te peinaban corriendo por las mañanas para irte a la escuela, las manos que preparaban tus comidas favoritas, las manos de mamá aquellas que te untaban de vicks cup and rub el pecho cuando el resfriado y de árnica de la cajita de metal verde cuando te caías y llegabas con las rodillas “peladas”. Las manos de mamá que te escribían recaditos de amor para meter en la lonchera o firmaba notas de la maestra cuando no te portabas bien en la escuela. Esas manos de mamá que abrían el monedero y parecía que obraba milagros porque todo el dinero que había ahí le alcanzaba y lo “estiraba” para que alcanzara más y para todos.


El amor más puro que yo haya podido conocer ha sido manifestado por las manos de mi abuela Bertha cambiándome, o haciendo comida para toda la familia, enseñándome a hacer sus enchiladas o sus tradicionales “duritos” con verdura que calmaban desde el hambre, hasta cualquier antojo. Ahora vivimos en un mundo extraño, queremos las cosas rápido, lo más moderno, lo más bello, lo más caro… hemos olvidado poco a poco que antes, las manos de nuestras madres, tías y abuelos con muy poco o con suficiente, eran capaces de transportarnos a lugares mágicos con disfraces hechos en casa, con galletas y café, con pasteles y té, es más, hagamos un viaje en el tiempo y recordemos cuando alguien de la familia se casaba o hacia la primera comunión o un bautizo, los recuerditos eran hecho en casa, entre las tías, confeccionando desde lo más delicado hasta lo más elaborado. Estoy segura que en alguna vitrina de alguna casa existe todavía aquella botella confeccionada con holanes, pedrería y brillo.

“… Todos estuvimos entre las manos y brazos de nuestras mamás, todos fuimos sujetados por sus manos fuertes para aprender a caminar, todos tomamos con una mano entera tan solo el dedo meñique de mamá porque éramos tan pequeños y sus manos, lo suficientemente grandes, fuertes y poderosas para sostenernos y guiarnos …”


El amor lo conocimos, desde pequeños, a través de los dones y las habilidades de las manos de nuestra gente cercana. Una sobadita de panza si andábamos “empachados”, un masajito de pies si habíamos corrido mucho correteando a los amigos del barrio un que otro jalón de orejas y como olvidar esos apretones de mejillas seguidos por besos apretados. Por eso pienso cada vez que veo las manos de mujeres que han formado generaciones, que el amor más puro que podamos conocer es aquel que le da sentido y propósito. Todos estuvimos entre las manos y brazos de nuestras mamás, todos fuimos sujetados por sus manos fuertes para aprender a caminar, todos tomamos con una mano entera tan solo el dedo meñique de mamá porque éramos tan pequeños y sus manos, lo suficientemente grandes, fuertes y poderosas para sostenernos y guiarnos.


Siempre he estado convencida que el amor se celebra todos los días, no es de momentos ni de ratos, y siempre he creído que debe celebrarse el amor en todas sus formas no solo el de los enamorados. Por tanto, este mes que es un gran pretexto para celebrar y volvernos a amar, yo quiero invitarte a celebrar el amor de esas manos de mamá. Bésalas, honrarlas, y sobre todo recuérdales que son hermosas y maravillosas, por ejemplo, este texto, está dedicado a las manos hermosas de mi mamá, de Lilia, que siendo una mamá súper joven, con ellas, me cuido, protegió y guió. La vida me premió con ella, me cuido al momento en que nacieron mis hijos, les dio su primer baño a los tres, confeccionó los más maravillosos vestidos porque su sueño era ser diseñadora de modas y la felicidad siempre llegó a interrumpirla. Esas manos que me enseñaron todo lo que sé, son las mismas que soban la panza de mis hijos con aceites de amor y alivio, cambian pañales y bañan piecitos olorosos. Así que, querida mamá, tus manos no están envejeciendo, están mostrándote todos los actos de amor que has hecho. Nunca pude hacer mi libro sobre las manos de México, pero estoy escribiendo, en este libro de la vida, sobre lo que mis manos hacen por mis hijos. No olvides escribir también el tuyo, escríbelo con todo el amor y los más maravillosos recuerdos.




Claudia Orduño
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